La evolución de la arquitectura argentina: de los grandes maestros a la reinvención de los PH
Desde los hitos de Bustillo y Guido hasta la transformación de una antigua carpintería en un PH luminoso y flexible, recorremos cómo la arquitectura local pasó de las grandes obras monumentales a reformas prácticas que mejoran la vida cotidiana.
La arquitectura argentina siempre fue un crisol: tomó corrientes europeas y las mezcló con la realidad local, el clima y las necesidades de sus habitantes. A lo largo del siglo XX generó obras que trascendieron las fronteras y, al mismo tiempo, definió la identidad visual de nuestras ciudades. Hoy esa misma capacidad de adaptación se manifiesta en intervenciones más cercanas y cotidianas, como la reconversión de propiedades horizontales (PH) en hogares funcionales y llenos de luz.
Un caso reciente que ilustra esta tendencia es el PH Helguera, un proyecto de OADD arquitectos (Andrés Barone, Jorge Báez Moore y Fabricio Contreras Ansbergs). La premisa era clara: convertir una antigua carpintería oscura y compartimentada en una vivienda contemporánea de 90 m² cubiertos y 60 m² descubiertos. La solución pasó por abrir un patio longitudinal que actúa como columna vertebral del proyecto, inundando de luz natural todos los ambientes.
En planta baja se concentró la zona social: cocina, comedor y living se integran en un solo volumen que se abre directamente a la parrilla. Este gesto responde a una de las costumbres más arraigadas de la vida familiar argentina. Los dormitorios, en cambio, se ubicaron en la planta alta para ganar privacidad y vistas. Una terraza amplia completa el programa y se convierte en el lugar ideal para disfrutar del aire libre sin salir de casa.
Los arquitectos aplicaron lo que ellos mismos denominan “paradigma del coco”: una cáscara exterior rugosa y honesta, respetando la mampostería de ladrillo original, mientras el interior se resuelve en blanco, minimalista y flexible. El resultado es un espacio que dialoga con su historia sin caer en la nostalgia.
Para entender este presente es necesario mirar a los maestros que sentaron las bases. Alejandro Bustillo es uno de los nombres ineludibles: su Hotel Llao Llao en Bariloche es el ejemplo perfecto de cómo el academicismo puede fundirse con el paisaje patagónico. Ángel Guido, por su parte, supo combinar lo clásico con elementos indígenas en el Monumento a la Bandera de Rosario. Justo Solsona, más teórico, reflexionó sobre la relación entre ciudad y sociedad y formó a varias generaciones de arquitectos.
Edificios como el Kavanagh o el Teatro Colón siguen siendo emblemas de esa Buenos Aires que se construía a lo grande y con ambición. Pero la arquitectura actual ya no busca solo imponer formas monumentales. Estudios como Adamo-Faiden o el propio OADD exploran una vía más humana, atenta a la luz, la proporción y la calidad de vida de quienes habitan los espacios.
Esta evolución muestra un camino coherente: de las grandes obras institucionales a la transformación inteligente de lo existente. En un país donde muchas familias viven en PH o en construcciones de principios de siglo, la capacidad de intervenir con criterio, presupuesto razonable y respeto por lo preexistente se volvió una de las herramientas más valiosas del arquitecto contemporáneo.
La lección del PH Helguera es clara. No hace falta derribar para renovar. Basta con entender las cualidades ocultas de un edificio —sus muros, su orientación, sus materiales— y dejar que sean la semilla de un nuevo proyecto. Así, la arquitectura argentina sigue experimentando, ahora con mayor foco en lo cotidiano, lo sostenible y lo realmente útil para las personas.