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La memoria de la vid: cómo las plantas recuerdan la sequía y resisten mejor

Un estudio del INTA y la Universidad Nacional de Cuyo explora la memoria epigenética de la Malbec para enfrentar el estrés hídrico. Conocé cómo esta capacidad puede ayudar a viveros y productores argentinos a elegir material vegetal más resiliente ante el cambio climático.

Publicado el 16 de agosto de 2026, 11:10 hs

La memoria de la vid: cómo las plantas recuerdan la sequía y resisten mejor
Jardinería On

La vid no solo produce vino: también tiene memoria. Un proyecto de investigación liderado por científicas del INTA y la Universidad Nacional de Cuyo, con apoyo de la Unión Europea, está estudiando si la variedad Malbec puede “recordar” episodios de sequía pasados para reaccionar de manera más eficiente cuando el agua vuelve a escasear.

Esto no es ciencia ficción. Se trata de epigenética: mecanismos que activan o desactivan genes sin modificar la secuencia de ADN. Factores ambientales como la falta de agua actúan como interruptores que dejan una huella en la planta. Esa huella, o memoria epigenética, permite que la vid responda más rápido y con menos daño la próxima vez que enfrenta estrés hídrico.

¿Por qué es importante esto en la Argentina? En regiones como Mendoza, donde el calor y la escasez de agua son habituales, entender esta capacidad puede marcar la diferencia entre un viñedo que sobrevive y uno que se pierde. El estudio se centra en la propagación agámica de la vid (por estacas), porque permite verificar si la información sobre estrés se transmite a las plantas hijas.

Hoy, cuando un vivero elige material vegetal, se prioriza el aspecto sanitario y genético. El entorno donde creció la planta madre suele quedar en segundo plano. El objetivo de esta línea de investigación es cambiar eso: generar recomendaciones concretas para que los viveros entreguen plantas que ya llegan “preparadas” al campo, con una memoria fisiológica que les dé mayor resiliencia desde el primer año.

Aplicaciones prácticas para productores y aficionados

Aunque el foco está en la vitivinicultura, el concepto sirve para pensar cómo manejamos plantas en casa o en huertas pequeñas. Si una planta madre sufrió condiciones de sequía controlada, sus esquejes pueden heredar cierta tolerancia. Esto abre la puerta a seleccionar material vegetal no solo por variedad, sino también por su historial de adaptación.

En el día a día, los productores ya están adaptando prácticas. El cambio climático se siente fuerte: sequías prolongadas generan bayas más pequeñas y caídas de producción. Un estrés hídrico moderado puede concentrar sabores y mejorar la calidad del vino, pero cuando se excede el límite, la planta entra en sufrimiento y la maduración se desequilibra.

Las raíces profundas de la vid le permiten sobrevivir en secano en muchos casos, pero no siempre alcanza. Por eso la combinación de dos estrategias parece la más prometedora:

  • Usar material de propagación con memoria epigenética favorable.
  • Implementar técnicas de manejo que reduzcan el impacto de la falta de agua (mulching, riego eficiente, cobertura vegetal, variedades adaptadas).

Qué podés hacer en tu propio espacio verde

Aunque no tengas un viñedo, podés aplicar la misma lógica en tu balcón o patio. Elegí plantas que hayan demostrado resistencia en tu zona y, si propagás por esquejes, intentá que la planta madre haya vivido condiciones reales de tu microclima. No es magia, es simplemente aprovechar la capacidad natural de adaptación que muchas especies ya tienen.

El proyecto, que también cuenta con la colaboración de investigadores de la Université de Bordeaux, busca precisamente eso: unir ciencia de vanguardia con decisiones concretas de manejo. Porque plantar y esperar ya no es suficiente. En un escenario de mayor escasez de agua, la memoria de la vid puede ser una de las herramientas más poderosas para mantener vivos los viñedos y los cultivos.

La idea es que en los próximos años los viveros empiecen a incluir el “historial de estrés” como un criterio más a la hora de recomendar plantas. Mientras tanto, como aficionados al jardín o al vino, podemos empezar a mirar nuestras plantas con otros ojos: no solo como seres vivos, sino como organismos que, a su manera, aprenden del ambiente y nos ayudan a adaptarnos con ellas.

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